Es algo recurrente, de nuevo me ha vuelto a la memoria un curioso artículo de broma que vendía el turronero ambulante cuando yo era un crio. Era uno de esos timbres redondos, con un botón en el centro para hacerlo sonar. La “gracia” era que, cuando lo pulsabas, en vez de sonar, te clavabas en la yema del dedo una ajuga que tenía allí oculta.

Dudo que hoy en día pueda encontrarse ninguno a la venta, algo así hoy saldría en el telediario, con el logo de la guardia civil debajo de la imagen. Por una de esas extrañas asociaciones de la mente, me vino esto ayer a la cabeza después de ver la exposición de fotografía del amigo y compañero biker Rubén Guillén sobre Afganistán.

Uno pasa ya de los 40, y esas fotos tienen un extraño efecto de arrastre de la conciencia a lo que has vivido de antiguo. De críos, en los entornos rurales aún convivimos con gente que vivía en masías sin luz ni agua corriente, en el pueblo la calefacción era un lujo, y en muchas casas nos mandaban a la calle a jugar para no gastar luz. Hoy paso por algunas de esas casas, por masías que conocí habitadas, y veo que el techo se ha hundido, que son una ruina tomada por las zarzas. Hoy ya son hogares igual que un timbre-pincho es un artículo de broma que puedas comprar, realidades que quedan ya tan lejos que se confunden con una ficción rara.

Poco tiene esto que ver con el Afganistán que nos traslada Rubén. El caso es que impresiona el Afganistán de Rubén, impresiona la vida intensa y cotidiana en un escenario tan tangible y tan distante, e impresiona la capacidad de Rubén para, con una cámara de fotos, hacer viajar nuestra conciencia, en el tiempo, en el espacio, a realidades que, aun siéndonos casi tan lejanas cómo la ficción, las sentimos rotundamente ciertas.