En Morella estamos acostumbrados a ver los tejados. Bien por las ventanas, bien andando por la calle, los tejados forman parte del particular paisaje cotidiano de este casco urbano que es una montaña, ni reparamos en ellos. Sin embargo hoy si que nos han llamado la atención, esta mañana estaban todos blancos, hemos amanecido bajo el manto de una nevada tardía.

Y eso que ya habían llegado esos mediodías en que se sale en bici de corto. Pero bueno, esto a final de marzo sorprende aunque no extraña, suele pasar. Como tampoco debería extrañarnos el rigor de este invierno que ya se marcha, los días y días en que el termómetro se negaba en superar los cero grados, las vigorosas heladas que dejaron el suelo de nuestros montes petrificados hasta dos palmos de hondo. Tampoco son tan fríos todos nuestros inviernos, pero de cuando en cuando toca.

Aún así no se ha echado el polvo sobre nuestras bicis de montaña, (la flaca ya es otra historia). Al menos para nuestras costumbres, es una prueba de voluntad salir a montar en bici a 5 o 6 grados bajo cero. Ese sábado por la mañana, cuando te asomas a la ventana y sientes que el aire te corta los labios, aparece una inercia que te empuja hacia debajo de las mantas, que te impide ir mucho más allá del sofá.

Y sin embargo, cuando rompes esa inercia, comienza una jornada memorable iluminada por un sol blanco y flojo, que levanta brillos por todas partes, que hace nuevos e insólitos los paisajes visitados tantas veces, y los ves como quizá no vuelvas a verlos, silenciosos, brillantes y congelados. Después bendices ese extra de voluntad que no sabes como te ha puesto encima de la bici, y te quedas profundamente satisfecho.