La vida BTTera es evolutiva, un servidor se va dejando llevar cada vez más por lo que le gusta, soslayando los  objetivos de relumbrón, los retos atléticos y deslizándose hacia el reverso más hedonista del BTT. En ese devenir me sigo apercibiendo de la enorme suerte que representa vivir en un lugar como Morella.

Porque los senderos están ahí, abres la puerta de casa, sales a la calle y ya estás en un sendero. No es que sea todo llano y cuesta abajo, (aunque la perspectiva lo es todo), el caso es que los ascensos riñoneros siguen ahí, por asfalto, o por pista, incluso por senda, nada te sustrae ese esfuerzo. Lo que cambia es  precisamente la perspectiva, el no estresarse, quien llegue primero que se espere y punto. Así se puede ir a donde haga falta.

Recientemente coincidí con un entusiasta “endurero” quien afirmaba ansioso que únicamente le gusta bajar. No me parece un gran panorama el que le espera: al final de nuestros días, (menos los de montaña que muramos junto al mar), acabaremos bajando tanto como hayamos subido, y nos empleará bastante menos tiempo bajar. Más vale que le pillemos el gusto a lo uno y a lo otro. Porque todo lo tiene, cuando el tiempo no importa mucho, la dificultad técnica, la dosificación justa del esfuerzo, el equilibrio, … lo que sea aportan ese aliciente. Y es fenomenal, eso si, sin estrés.