Yo he estado en pueblos, y hablando con sus gentes, y me he dado cuenta de que ya habían muerto. Ellos no lo saben, no se dan cuenta, sus ojos aún no están vidriosos, pero están irremisiblemente entregados, toscos, casi solo ven sombras, y en nada ya no habrá si no tinieblas. No comprenden que sus bocas, no conjugan ya el tiempo futuro más que en color negro, no conjugan el pasado más que pluscuamperfecto y disecado, no conjugan el presente si no es breve y seco. No saben que sus hijos pueden tener aún los pies aquí, pero no arraigarán sus raíces, las hundirán en otra tierra, en el asfalto. No escuchan ya los pájaros, no les deja un rumor interior obtuso, de  reproches al cielo y  al viento, de pensamientos rabiosos. No huelen el aire fresco de la madrugada, ni la hierba, ni las flores, nada más que sequedad y polvo les trae el viento. No tardarán en percibir la podredumbre, su propia descomposición, porque no lo saben, pero están muertos.